¿Qué pasó, realmente, en aquel encuentro tridimensional?...Nos encontramos los tres “tal cual nos echó Dios al mundo”, en una habitación cuya ubicación olvidé. Solo recuerdo —"una cama blanca como la nieve, que fue nuestro refugio de seis a nueve". Parecía inmensa, pero una vez allí, las piernas y los brazos sobresalían por todas partes.
Eran dos ejemplares magníficos, vibrantes, con la lozanía de sementales de exposición. Por un instante me sentí una Ilustre Dama de la Corte de Luis XV, flanqueada por dos espadachines con sus sables en ristre, dispuestos a “salvar” a esta doncella en peligro de incendiarse.
Comenzamos con piquitos de ida y vuelta, jugosamente mordisqueados. Las caricias iban y venían como en un ballet erótico previamente ensayado. Cual mariposas, posaron sus labios en los dedos de mis manos. Me deslizaba sobre una alfombra mágica, frotando mis piernas una contra la otra, hasta que un calorcito me inundó de pies a cabeza.
Dos hermosos ejemplares masculinos, ¡y para mí solita!
Sentí cómo cierta zona se humedecía y mi mente se expandía hacia el infinito. Cerré los ojos y me dejé llevar. Vi formas inéditas, colores nuevos que aparecían y desaparecían centelleantes. Todo se intensificó cuando una boca apretó mi cuello y otra, en perfecta sincronía, mi cintura.
Mi cuerpo convulsionó en fiebre pasional: un hilito frío me recorrió la espalda. Los músculos se contraían y distendían, como si un ascensor me elevara al cielo y me dejara caer de golpe. Las caricias se multiplicaban, más intensas, más urgentes. A esas alturas, era deliciosamente engullida por las fauces del averno.
Mis manos estaban libres, ¡oh, no!
Busqué dónde sujetarme, pues sentía que caía en un abismo ardiente, sin fondo. Recorrí con mis dedos muchos rincones hasta encontrar un apoyo firme, erguido de orgullo y firmeza. Lo toqué desde su inicio hasta su base; mi mano sudó, facilitando el vaivén. Aquello se endureció como hierro. Lo apreté y sentí el pulso vivo de su deseo contra mi palma. ¡Qué delicia!
Mi boca estaba seca, el cuello tenso. Intenté acomodarme y el otro, astuto, aprovechó para deslizar su boca hacia mi bajo vientre. Seguí acariciando al primero, con más vigor. Su aliento ardía; un gemido cálido golpeó mis pechos y mis pezones se erigieron al punto del dolor, un dolor placentero, sublime.
Me había olvidado de mi segundo espadero, hasta que lamió mis dedos de los pies. Una descarga eléctrica me lanzó como un cohete al espacio sideral. Las caricias iban in crescendo, y —"seguía lloviendo afuera". Yo subía, ¡me elevaba, me elevaba! Manos, piernas, lenguas, gemidos, sudor... Todo un torbellino de placer.
Era un ménage de los sentidos. Ellos ya habían dejado atrás sus pudores iniciales y competían, sutilmente, por coronarse el mejor amante.
Yo, feliz, los hermané en un rito sublime: el roce cadencioso de sus miembros erectos, mientras los miraba con malicia, rendida al vaivén del deseo. La corriente erótica me arrastraba como río entre quebradas cordilleranas.
Las bocas, los dedos, las lenguas… todo me tenía al borde. Separé las piernas, acomodé la pelvis y sentí cómo esa lengua diestra me deshacía. El orgasmo estaba tan cerca que podía tocarlo. Apreté el falo del otro con la intención de atraerlo hacía mí —"y ahí, juntitos los dos, cerquita de Dios, será lo que soñamos".
Él, como buen actor, entendió el gesto; lo acercó despacio. Lo cubrí con mis labios y lo saboreé. ¡Qué placer! Su calor, su olor, me embriagaban.
El otro insistía en mi punto más sensible, y lo estaba logrando. Moví las caderas para apurarlo —“lo estamos pasando muy bien, yeah, yeah, yeah… esto es magnífico, tra la la la lá”—. Y entonces…
La hecatombe.
Mi infinita curiosidad, que se manifiesta hasta en los momentos más inesperados, me jugó una mala pasada. Abrí los ojos, levanté la mirada y en lugar del miembro triunfante de mi amante, vi las nalgas espinilludas del que me practicaba sexo oral. Se movía con un ritmo extraño, quizás por algún problemita en la cadera. Me pareció ver Las jorobas de un camello cojo caminando por el desierto del Sahara.
No pude evitarlo.
Solté una carcajada monumental. El estallido de risa desconectó el micrófono dispuesto para mi dulce canto de alabanza. Mis músculos se relajaron, y entre carcajadas y jadeos, vi aparecer de entre mis piernas a un chino mandarín recién salido de la ducha.
¡Ataque de risa!
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