Desnuda y descalza, en la celda callada,
quinientos cincuenta pasos la huella marcada.
Cada giro en el frío, un pulso que vuelve,
una plegaria que el aire disuelve.
La voluntad serena: el foco no cede.
Es el pacto secreto que a nadie intercede.
Mantener el recuerdo, sin sombra ni olvido,
pues mi fe es palabra que a Él le he rendido...


​El sol asoma con timidez entre nubes que presagian aguacero.
Poco a poco su luz se templa, hasta revelarse esplendorosa sobre el semblante de un nuevo día.
Desde la torre resuenan las campanadas. Avanzo con paso sosegado, y en el vaivén de su canto, las horas dolientes se tornan leves, casi puras.

Pater noster, qui es in caelis,
Sanctificétur nomen Tuum,
Adveniat Regnum Tuum,
Fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.

​Ruego por su alma.
Por sus almas.
Por los pecadores.
Por los hambrientos, los muertos y por mi madre.

Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie,
Et dimitte nobis débita nostra,
Sicut et nos dimittímus debitóribus nostris;
Et ne nos indúcas in tentationem,
Sed libera nos a malo.
Amén.

​La primera de mis siete actividades.

​Me dispongo a recorrer el jardín. Mis manos hurgan entre el follaje, arrancando lo muerto para que lo vivo respire.
El sol —padre complaciente— calienta mis lívidas mejillas, como si quisiera teñirlas de vida. Cada rosa parece inclinarse a Su voluntad, y yo con ellas: dócil, entregada al mandato que germina bajo la piel.
En este jardín, la inocencia es solo otra forma del deseo que brota.

¡Qué fácil el mundo si lo toco Contigo!
Eres Dios, mi única certeza, mi abrigo.
¿Cómo podría mi cuerpo enfrentar el día
si no me ciñe tu presencia y tu guía?

No quiero la mentira que el alma desviste.
Mi verdad es la piel que tu presencia viste.

​Mi ruego ha de exhalar el aliento del rosal,
no el aroma simple, sino el hondo, el esencial.

Este jardín de rosas.
Mi jardín... ah, ah, ah.

​La segunda de mis siete actividades.

​Ya avanzada la mañana, las cinco campanadas se abren lentas, como pétalos de bronce sobre el aire. En la cocina —inmaculada, de techos altos que respiran solemnidad— todo despierta: el rumor del agua, el choque de los metales, el fuego que exhala su hambre.
No he probado alimento: mi ayuno es la ofrenda que depura la carne para que Él la encuentre digna. Sin embargo, las manos trabajan sin tregua, obedeciendo la rutina con la devoción exacta del sacrificio.

El deber reclama mi cuerpo, y yo lo entrego, aun en la sequedad que me arde en los labios. El vapor de los caldos ajenos, denso y especiado, me roza la piel del rostro; el aroma prohibido es una breve puñalada.

​La tercera de mis siete actividades.

​Cuando todas están servidas, comienza el pequeño éxodo del servicio: fregar platos, enjuagar copas, secar ollas y vasijas donde los otros saciaron su hambre.
Procuro que nada delate el cansancio; desabrocho el delantal sin arrugar la tela y lo cuelgo con la misma reverencia de una vestidura sagrada.
Rosa irrumpirá pronto, haciendo temblar el suelo con su carro desbordado de blancos delantales: prendas que guardan el sudor y la fragilidad del cuerpo.
El aire de la tarde los acuna bajo el parrón, mientras el sol se desploma lento, derramando su juicio sobre los pliegues húmedos. Sostengo el delantal de Rosa un instante, y el rastro de su calor en la tela me evoca la oscura pulsación del animal que intento sofocar.
Sé que Él mira incluso estos pequeños gestos: cada gota, cada huella, cada temblor de mi pulso. Y en esa mirada que todo lo ve, algo en mí se agita… un brote oscuro que no debería sentir.

​La cuarta de mis siete actividades.

​La tarde, aún cálida, me permite avanzar por los pasillos sin el peso del chal sobre los hombros. Cada minuto se inclina como una flor que tiembla antes de caer.
Camino hacia la capilla, contando los pasos que me devuelven al centro: allí donde mi cuerpo aprende a obedecer.
Cuando todo calla, la quietud es tan espesa que escucho mi sangre empujar la vida por mis venas.
Me arrodillo. La madera cruje bajo mis rodillas, como si advirtiera la carga que deposito en ella. Siento su mirada sobre mí: penitencia y deseo trenzados, fuego que implora redención.
Levanto la vista.
Él me mira, con los ojos grises velados por sombras que tiemblan de furia y de luz.
Amor mío.

Todo el tiempo pienso en Él.
Mi día se alza y se extingue en su nombre.
Soy su sierva, su obra, su sombra dócil.
Él me moldeó para esto; Su voluntad respira en mí.

¿Pero qué voluntad es la que arde bajo mi piel?
¿Puede el deseo ser oración?
¿Puede la obediencia ser tentación?
No cabe la duda —me digo—.
Pero la duda late.
Y en ese latido Él también me mira.

​La quinta de mis siete actividades.

Creo en un solo Señor Jesucristo,
Hijo único de Dios,
Nacido del Padre antes de todos los siglos,
Dios de Dios, Luz de Luz.

​Sus ojos son mi luz.
Omnipotente y Sempiterno Dios,
hágase tu voluntad.
Soy el sí que tu voz pronuncia en mi médula.

​Regreso a mi habitación. Aseguro la puerta.
El silencio se cierra conmigo, como un secreto que se atreve a respirar.
Dejo caer las prendas, una a una, como si despojara al alma de su envoltura.
Él está ahí —sentado en la silla de tapiz rojo, púrpura y oro—, y la luz incierta hace que el rojo parezca palpitar, una herida viva.
Sus ojos grises tensos, vigilantes, inflamados por una luz que exige mi entrega entera.

​Mi desnudez emerge bajo su mirada:
no soy sierva, ni hija, ni esposa…
soy cuerpo, soy carne que Él enciende sin tocar.

​Me tiendo en la cama.
El aire arde.
Su presencia me cerca, me reclama, me atrapa.

​Cierro los ojos, pero Él los abre dentro de mí.
El animal dorado y palpitante se agita como un río de fuego contenido debajo de la fe que me abrasa;
late la vida prohibida, hambrienta, queriendo nacer en la grieta del Verbo que me sostiene.

​Intento ocultarlo, sofocarlo…
pero su voz me llama desde el centro.

​La sexta de mis siete actividades.

Mi carne es ofrenda, y el fuego, Señor.
Domina este animal que me habita;
haz de mi cuerpo un templo que no tiemble sin tu gracia.

​Su juicio cae sobre mí —incandescente, absoluto—,
me atraviesa como una espada que exige la pureza del fuego que me consume.

​¡Oh, mi Señor! ¡Arranca de mí la impureza!
Purifícame en tu furor...
que mi dolor se eleve como el humo de tu ofrenda.

​​​El látigo canta en tu nombre.
Su nota perfecta me traza la fe,
y la piel se hiende, dócil, para ser Tu morada.

El ardor asciende.
El placer traiciona mi boca,
y en esa traición yo creo.
Porque solo lo que hiere puede salvar.
Solo lo que duele puede ser santo.
Y si arde es porque Tú me amas.

​Me desgajo hacia tu luz.
Me rompo para que me entierres en tu amor.

​La séptima de mis siete actividades diarias.



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