El tiempo se tuerce en ciertos días, como si guardara un pliegue para que la memoria se siente a conversar conmigo.

En cada aniversario enciendo un cigarrillo y siento que el presente se agrieta para dejarme pasar. El humo sube lento, como si buscara el pulso de lo que perdimos. 
El instante se vuelve rito, y la promesa toma forma de costumbre:
Entonces, mi amigo Edwin —que ya no fuma— me alcanza una botella de ron, como si aún pudiera burlarse del destino.

Hay un fulgor de astilla o de presagio en sus ojos, espejo tenue de la copa que suda en el vacío. Él sabe que la quietud, hoy, es tan solo la costura invisible de la agonía, y que la tregua del cuerpo es una quimera que solo el sueño concede. 
Su hálito espeso, cargado de ausencias, se adhiere a mi espíritu leve e inasible, como una respiración que me pertenece.

Y por un instante, el silencio sabe a presencia.

Nos miramos trémulos, pálidos, como si el frío viniera de adentro.
Sabemos que la vida fue breve: se escapó como un latido que nadie escuchó.

Mi madre se queda un rato junto al nicho, con la cabeza inclinada. Llora. Mueve los labios; quizá reza, no lo sé. No me acerco: me basta con verla, quieta en su llanto, como si aún oyera mis pasos detrás del viento. Su espalda es un sepulcro de fe persistente, una tela oscura y fina que absorbe la luz de la mañana. Sus dedos, viejos y lentos, acarician la piedra con una ternura que roza el umbral del sueño, como si intentara despertarme con su tacto.

Mi lugar es aquí, en este pliegue de la memoria,
donde mi último aliento se disuelve
y el recuerdo todavía respira:
—como un residuo de cosa viva.


—Miguel Fernández 



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