¡Ay, Dios mío, qué tortura!
Lo tenía ahí, enfrente, tan cerca que podía olerlo.
Después de soñarlo tantas veces, al fin estaba a mi alcance. Bastaba estirar un poco las manos y sería mío, mío para siempre, ¡hasta que la muerte nos separe!

Pero me paralizó el miedo. Me faltó el aire. Las piernas me temblaron. Un enjambre de emociones me nubló la razón. Fui presa de los porqués, de los para qué… la maldita incertidumbre.

Pequeñas gotas de sudor me recorrían la frente —tan alegres, tan inoportunas— mientras Él me observaba impertérrito, a un par de metros. Me invitaba con descaro a tocarlo, a manosearlo, a desearlo con locura.

En un instante de lucidez me acerqué lo suficiente, hasta donde la decencia me lo permitía, y le susurré, casi al oído:
«No te muevas. Espérame aquí, necesito pensarlo un poco más».

Moría por rozarlo, pero no podía. Había demasiados ojos acechando. Lo estudié, buscando señales, intentando descifrarlo:
«¿¡Tal vez no es para mí!? ¿Y si no me satisface? ¿Y si me abandona pronto? ¿O mejor me aferro a lo que ya poseo?»

¡Qué dilema infernal! Sabía que debía decidir en ese mismo instante. Él no iba a esperarme toda la vida. Era la ambición de muchas mujeres, y lo sabía. Se sabía deseado.
Y yo, allí, frente a frente… con el privilegio de tenerlo tan cerca.
Tan bello, tan elegante, tan obscenamente perfecto.

Respiré hondo, me di la vuelta y caminé hasta la cafetería más próxima.
Él seguía en su sitio, impasible, mientras yo me dejaba caer en una sillita tan cursi como sacada de una boda en un jardín inglés, con encajes desbordando los bordes y un cojín rosa pálido.

Nadie entendía nada.
Parecía una escena absurda de una película de Mazursky: Escenas en un centro comercial.

El mozo se acercó y me lanzó una mirada entre el desprecio y la sospecha. ¿Se habría dado cuenta?
No podía apartar mis ojos de Él.
El mozo miraba hacia Él, luego hacia mí, y otra vez hacia Él… hasta que no resistió más la tensión y soltó:
—Señorita, con su permiso: no puede sentarse aquí si no va a ordenar.

Sus palabras me devolvieron a la realidad.
—Disculpe… tráigame un café de grano y una Coca-Cola en botella, bien helada, por favor.

El mozo giró con brusquedad, con cara de quien piensa: otra loca más.

Encendí un cigarrillo, exhalé el humo y seguí observándolo.
«¿Estará tan confundido como yo? No, por supuesto que no. Él lo tiene todo claro. Soy yo quien duda. Él solo espera.»

Entonces lo supe: debía decidir.
«¡Voy por Él!»

Con un impulso heroico me puse de pie.
Pero justo en ese instante, el mozo apareció con mi pedido.
El café voló.
La botella giró tres veces en el aire.
El ventanal explotó en mil pedazos.

Los vidrios cayeron como lluvia metálica sobre el suelo embaldosado, repicando con un estrépito que parecía una orquesta de cuchillos desafinados.
Por un instante, el aire se llenó de destellos: fragmentos diminutos reflejaban la luz en mil direcciones, como si una tormenta de espejos nos hubiera estallado encima.
Y yo… vi todo negro.
Demasiadas emociones para un solo día.
Me desmayé.

Cuando desperté estaba rodeada de gente: jadeantes, histéricos, sin dejarme respirar.
Un hombre largo y ojeroso —el dueño, supongo— estaba parado a mis pies, como una presencia fantasmagórica.
Me puse aún más nerviosa.

Ya repuesta, volví a sentarme en la sillita cursi.
El mozo, compasivo o temeroso, me trajo un vaso con agua y una bandejita con la cuenta.
La vi.
Y sentí que me desmayaba otra vez.
¡Me estaban cobrando un dineral!
Los infames habían incluido el ventanal.

—Deme un minuto —atiné a decir.
Busqué su figura entre el caos. Y ahí estaba.
Él.
Inmutable. Hermoso. Seduciéndome.
Tan cerca… y tan imposible.

Solté las lágrimas contenidas. Me eché a llorar como una cabra chica.
¡Se me escapaba de las manos en menos de un suspiro!
¡Me dolía tanto renunciar por culpa del maldito ventanal!

Con el corazón destrozado y la dignidad hecha polvo, tuve que decirle adiós.
Pero mientras el mozo me alcanzaba la cuenta, lo vi reflejado en la vidriera del fondo.
Él.
Inmóvil. Radiante. Esperándome.

Entonces lo sentí: una calma extraña, fría, deliciosa.
Era la certeza.
No podía dejarlo ahí. No después de todo lo que habíamos vivido.
El mundo seguiría girando… pero yo no.
No sin Él.

Me levanté despacio.
Salí de la cafetería con una sonrisa que nadie entendió.
El guardia hablaba por radio, la gente aún miraba los restos del ventanal, y entre los destellos de las luces vi su silueta.
Tan cerca. Tan mío.

No corrí. Caminé.
Cada paso era un latido. Cada latido, un juramento.
Cuando por fin lo tuve frente a mí, el tiempo se detuvo.
Puse la mano sobre el cristal.
Él me devolvió mi reflejo.
Y supe que no había vuelta atrás…

Entonces sonó una alarma.
Luces rojas, gritos, pasos apresurados.
Yo seguía allí, abrazada a mi destino.
El guardia me gritaba algo, el mozo corría, y yo me reí.
Me reí a carcajadas, con una risa liberadora que espantó a los curiosos.

El guardia seguía vociferando, el mozo se había detenido en seco.
Yo miré el caos. Luego lo miré a Él.
El reflejo del cristal nos envolvía en un halo de luz.
Él era la única belleza intacta en medio de la destrucción.
Lo abracé como a un sobreviviente...
Oh, mi adorado bolso Louis Vuitton.



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