¡Ay, Dios mío, qué tortura! Lo tenía ahí, enfrente, tan cerca que podía olerlo. Después de soñarlo tantas veces, al fin estaba a mi alcance....
¡Ay, Dios mío, qué tortura! Lo tenía ahí, enfrente, tan cerca que podía olerlo. Después de soñarlo tantas veces, al fin estaba a mi alcance....
El tiempo se tuerce en ciertos días, como si guardara un pliegue para que la memoria se siente a conversar conmigo.
Desnuda y descalza, en la celda callada, quinientos cincuenta pasos la huella marcada. Cada giro en el frío, un pulso que vuelve, una pleg...
¿Qué pasó, realmente, en aquel encuentro tridimensional?... Me permitiré obviar el entremés e iré directo al grano —como a mí me gusta—.